No soy escritora (se
comprueba fácilmente por mis horrores ortográficos) y no aspiro a serlo, al
menos no profesionalmente.
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Mi nombre es Maria y nunca
me terminó de gustar, no sé por qué, simplemente no me gusta. El segundo,
porque tengo dos nombres como usualmente todos tienen, no me gusta o disgusta.
La verdad es que no me causa nada a pesar de que sé que es algo así como en
honor de la abuela de mi papá, pero si tuviera que elegir entre el primer
nombre con el que me nombraron o el segundo, me quedo con el segundo.
Pero todos me dicen “Mari” y cómo no soy de decir en voz alta lo que pienso
dejé que lo hicieran. Al final me acostumbré, no es tampoco un trauma que no me
agrade mi nombre de pila
¿Quién no se acostumbra a
su nombre después de todo?
No lo recuerdo, pero sé que
mi abuelo materno y por consecuencia la familia de mi mamá me llamaba “Popin” o
“Popina” por una de las del Chavo del ocho. Muy rara vez alguien se acuerda y
me llama así, el apodo no me molesta y aunque no recuerdo nada de esa época
siento una opresión agradable en el pecho, todo lo contrario a esa que me da
ganas de gritar, llorar, romper y lastimar (-me) cuando tengo uno de esos
“momentos”.
Aunque eso último lo
explico después. Volviendo al tema de mi nombre, “Mari” está bien.
Pero creo que si voy a
analizar mi vida hasta ahora tengo que empezar desde el principio. No está de
más aclarar que no recuerdo casi nada de mis primeros años de vida y que tengo
lagunas mentales de los últimos años (esto no se lo dije a nadie, ni a mi
primera psicóloga que meramente me daba confianza para hablar).
Fui parte de una familia de
lo más estereotipado, digo “fui” porque
actualmente no es tan así. Recuerdo que mi mamá siempre me remarcaba que nací
cuando todo estaba terminado, pensé que lo decía refiriéndose a nuestra casa.
Para mis hermanos, Joaquin y David, la casa en la que estaban siendo criados era
una casilla. En cambio conmigo la casa era una de material que daba la
sensación de prosperidad, estabilidad y crecimiento, pero ahora conociendo
mucho más la historia de mi mamá y mi papá pienso que ella se refería a que
ellos se convirtieron en una pareja “estable” para cuando nací.
Naciste con privilegios era
el mensaje.
Durante crecía no fui
consciente de lo que me rodeaba, de los que me rodeaban, más que de mi mamá.
Mientras mis hermanos y primos se iban de viaje con mi abuela Chicha yo me
quedaba con mi mamá, demasiado dependiente y apegada como para quedarme más de
unas horitas con otra persona que no fuera ella. El jardín de niños no fue un
vertedero de lágrimas mías como seguro pensaron que sería, hasta cada tanto
cuentan una anécdota de mi primer día de clases…
“Había
un nene más grande tocándole el pelo a Mari y ella se dio vuelta y lo miró mal.
El nene siguió tocándole el pelo hasta que Mari se volvió a dar vuelta y le
pegó con su bolsa en la cara”
Siempre detesté que me
tocaran el pelo, esa molestia con los años se intensificó y ahora odio que me
toquen cualquier parte del cuerpo. Pero volviendo al jardín de niños, no fui
una de esas nenas que lloró temiendo ser abandonada por su madre o lo que sea
que pienses los nenes de esa edad cuando ven que sus mamás los están dejando en
manos de mujeres de caras sonrientes y voces chillonas. No, no fue así para mí.
Estaba rodeada de nenes y nenas con delantal y distintivos de brujitas con
nuestros nombres, obviamente solo reconocía mi nombre en mi distintivo porque
no sabía leer todavía. No recuerdo aquellos momentos, más que algunos cortos
flashes, pero sí recuerdo lo que sentía. La sensación de emoción que lograba
opacar el miedo a que mi mamá me dejara un par de horas en un lugar que no
conozco. Mi maestra, la cual no recuerdo el nombre (tengo algo con los nombres,
me cuesta recordarlos) era un amor. La recuerdo y concuerdo con que para ser
maestra, ya sea jardinera o de primaria, hay que tener VOCACIÓN.
Ella me dio la confianza
para acercarme a mis compañeros, a hablar y reír junto con los demás aunque no
entendía de qué corno se reían o por qué parecían tan felices, me integró. Todo
fue bien, ir al jardín me gustaba y tenía una amiga con la que podía verme
fuera de ese lugar.
El preescolar llegó sin
mayor problema, hasta que un día apareció la suplente y es aquí donde remarco
por segunda vez sobre la vocación para enseñar porque esta maestra no la tenía
y por eso la recuerdo perfectamente. Joven, cabello negro recogido en una
coleta baja, unas pecas repartidas en su rostro, piel blanca y ojos marrones
oscuros. Su sonrisa mientras nos recibía se esfumaba cuando entrabamos al
salón, le gustaba gritar y resoplar a cada momento luego de sentarse y mirar
cómo (por no saber cómo hacer que nos ordenáramos desde un principio) todo era
un descontrol hasta que se ponía de pie con el ceño fruncido para gritar
exigiendo orden. Así transcurrieron los primeros días hasta que mi amiga,
Clara, en uno de esos momentos de descontrol que todos hacían lo que querían tropezó
y se golpeó haciendo que le sangrara la boca. Ella se puso como loca, nos
gritaba y culpaba por nuestro mal comportamiento y en ningún momento se acercó
para ayudar a Clara, quien se levantó con un par de lágrimas cuando todos
quedaron callados y comenzó a reír bajito mostrando todos sus dientes
ensangrentados antes de comer una banana. Clara era una “machona” y estaba
acostumbrada a golpearse. Pasado el susto todos nos reímos y comenzamos a hacer
desastre de nuevo, Clara estaba sentada y apartada por haberse golpeado y me
acerqué a ella para jugar, sinceramente no me recuerdo que fue lo que la
suplente me gritó. Lo que sí recuerdo es que en un momento estaba frente a
Clara y que de repente mi brazo fue tironeado con brusquedad haciendo que me
girara, ya había visto a la suplente enojada (todos los días) pero esa vez la
tenía frente a mi cara gritándome a pocos centímetros y directa y
exclusivamente a mí.
Nunca un adulto me había
gritado y sujetado de esa forma, me asusté y me quedé quieta.
No lloré, no le dije a mi
mamá.
No sé cuantos días fueron
los que tuve a esa suplente, pero se me hace como si la hubiera tenido durante
toda la maldita etapa del jardín/preescolar. Y no fue hasta en el día en el que
de verdad me asustó que toda la confianza que me tenía para estar lejos de mamá
se fue por el caño. No era la única que se reía y seguía jugando cuando la hora
de recreo terminó, pero fui la única a la que ella agarró del brazo y que se la
llevó al baño.
Tengo una pésima memoria,
pero ese momento lo recuerdo muy bien. La suplente cerró la puerta y cómo la
primera vez que me gritó se me acercó apretándome el brazo para decirme (sin
gritar) que era una nena mala y otras cosas más que me hicieron llorar, no solo
me daba miedo estar sola con ella mientras me lastimaba el brazo sino que no me
gustaba todo lo que me decía con ese tonito que ahora catalogo como irónico.
Obviamente con mi altura ella me parecía más alta de lo que seguro era, pero en
ese momento la veía como si estuviera tratando con una gigante. Una gigante que
me quería hacer algo malo.
“Le
voy a decir a mi mamá”
“Decile,
¿qué me importa? Las mamás no le creen a los chicos.”
No sé porque le creí cuando
me dijo eso y todo lo anterior, me quedé callada y mirándola fijamente
sintiendo toda mi cara mojada y caliente hasta que me soltó y me dijo que me
lavara la cara y que después volviera al salón. Le hice caso, volví al salón
callada y terminé mi día así. Ese fue el último día de la suplente, pero me
acordaba de ella todos los días y comencé a odiar el ir al baño de la escuela,
no me reía con los demás chicos y mi maestra aunque me sonreía y hablaba
cariñosamente ya no me hizo volver a sentir segura y no me reintegró.
Nunca le conté a mi mamá lo
de la suplente en el baño.
Tal vez para muchos le
parezca una exageración que le haya dado tanta importancia a ese hecho, para mí
no lo fue.
Terminé el preescolar con
dudas de si quería volver a ir a un lugar lejos de la seguridad de mi casa,
pero mi mamá se veía emocionada por la nueva etapa escolar que me callé y me
contagié de su buen ánimo.
Primer grado empezó, con mi
vecina y “amiga” Natalie como compañera y sentía esa emoción como cuando
comencé el jardín.
Esa emoción me duro poco y
nada, otra vez remarco sobre la vocación que hay que tener para enseñar. Mi
maestra de primero era una bruja cambiante. Gritaba, nos apuraba y nos volvía a
gritar. Más de uno terminó siendo cambiado de curso, incluyendo a mi única
“amiga” en ese lugar que se pasó no solo de curso sino que de turno. Mi maestra
me daba miedo, me hacia recordar a la suplente. Me daba pánico que me
preguntara algo o que me pidiera ir al pizarrón, un compañero se hizo pis en
frente de todos cuando ella le gritó por no saber el abecedario. Cuando me tocó
ir al frente para decirlo fui consciente por primera vez de cuantos compañeros
tenia, de que tan grande era el salón, de mi primera sensación de pánico que me
dejo sin poder hablar y que logró que me ganara un reto y una mala nota que mi
papá no se tomó nada bien (él no me gritó o pegó, nunca me pegó) haciendo que
me quedara leyendo y repitiendo el abecedario repetidas veces para luego
decírselo a él en casa. Lo aprendí, pero no era lo mismo decirlo en voz alta frente
a papá que frente a mi maestra que me miraba como si esperaba que fallara o
todos mis compañeros que miraban ansiosos temiendo por su turno de pasar al
frente.
Más gritos, menos ganas de
ir a la escuela, no tenía amigos. Me daba vergüenza hablar en voz alta y para
mi mala suerte, la suplente de preescolar tenía razón: Las mamás no le creen a
los chicos.
Otra vez me congelé, pero
esa vez a parte de un reto me llevé un grito de parte de la maestra que me hizo
llorar frente a todos. Lloré peor de cuando la suplente me llevó al baño, lloré
tanto que no podía parar y cuando fui a las canillas que estaban afuera de los
baños creo que toda la escuela me escuchó. Pero en especial me escuchó el
director que me habló tranquilo, dándome pañuelos mientras me escuchaba cuando
me calmé.
No sé que le dijo a la
maestra, pero desde ese día ella tuvo un cambio de personalidad abismal. La
bruja dejó de gritar y nos enseñaba con una paciencia increíble, en especial
cuando el director entraba al salón y se quedaba para observar la clase. Pero
el miedo de quedar en ridículo frente a todos ya se había marcado en mí, la
conciencia de saber que siempre estoy rodeada y con personas viendo mis fallos
es algo que se asentó en mi mente.
Supongo que mi fobia social
actual está un poco ligada a esas primeras experiencias. O tal vez no y
exagero.
Durante toda la primaria no
pude pasar al frente, hablar en público era imposible y ser parte de alguno de
los grupos que se formaban entre mis compañeros no era una opción. Pasar al frente
era algo que se me hacía imposible, prefería la mala nota. Odiaba la escuela,
pero no me animaba a quejarme de nuevo con mi mamá.
Fuera de la escuela estaba
bien, no es como si estuviera las veinticuatro horas del día deprimida como
para llamar la atención de mi familia. Mi vecina seguía siendo mi “amiga”, se
la pasaba en mi casa cuando no estaba en la escuela (su mamá la había
abandonado y su papá trabajaba en la mecánica todo el día) y mi mamá siempre la
peinaba y la trataba como si fuera otra hija más. Me gustaba pasar el tiempo
con Natalie y con Tomas, mi primo-hermano. Me gustaba hasta que me di cuenta de
algunos detalles como el de que mi mamá de vez en cuando se le escapaba algo
así como: “A Nati le fue bien en la lección” o “Nati si lo hace”. A veces me
comparaba cuando no quería hacer algo o ponerme una ropa que ella eligió. Me
gustaba hasta que comencé a “avisparme” y darme cuenta que solo era la “amiga”
de Nati en mi casa o en la suya, en la escuela ella se hacía la que no me
conocía para luego con una sonrisa al salir invitarme a su casa o ir a la mía
como si nada.
Natalie ya no me gustaba
más, era linda, perfecta y encajaba más como la hija de mi mamá que yo.
Me callé, en la escuela le
seguía la corriente cuando me cruzaba en el patio y no me saludaba y le sonreía
cuando me hablaba como si fuera su mejor amiga fuera de la escuela, pero
extrañamente no me sentía mal con esa situación.
Para mí era mejor eso que estar
sola hasta fuera de la escuela. Porque mi primo era mi primer amigo, pero era
familia y por ende no contaba propiamente como “amigo” realmente. Le busque la
vuelta a mi amistad con Nati, no le pregunté nunca porque me ignoraba en la
escuela, pero no me costó mucho entenderla. Yo era la rarita son que no hablaba
o que cuando lo hacía tartamudeaba. La rarita no se podía juntar con alguien
como Nati.
Natalie era la hija
perfecta para mi mamá. La nena más linda. La princesa en todos los actos
escolares. La que todos los nenes le sonreían y le hablaban. Mi única “amiga”.
La primaria transcurrió
así, sola y escuchando de vez en cuando algún comentario sobre “la rarita”. Me
acostumbré, podía con eso. Pensé erróneamente que podía con eso, que mi primera
amistad era buena a pesar de que tenía que ser un secreto frente a todos en la
escuela, que mientras más se acercaba la secundaria todo cambiaría. Ilusa.
Sobreviví y comencé sexto
año sin amigas, acostumbrándome y hasta disfrutando que mis compañeros me ignoraran.
No era el fin del mundo no “ser nadie” en la escuela, era mejor que ser “la
rarita”. Viendo a Natalie como a una amiga/enemiga que necesitaba.
Concentrándome en estudiar, mirar anime o escribir, escribir y escribir cuando
Nati no estaba en mi casa o me llamaba para que fuera a la suya o Tomi no
estaba. Trascurrió sexto grado y mi “amiga” comenzó a ignorarme de a poco
también fuera de la escuela y sin darme cuenta me distancié de mi primo (lo
veía siempre, pero no era lo mismo). Comencé a desesperarme al verme sin amigos
también fuera de la escuela, a temer de estar sola aunque no lo dijera y
pareciera que no me importaba.
Me convencí de que podía acostumbrarme como lo hice a mi falta de socialización en la escuela, me consolé diciéndome que al menos en casa estaba tranquila (excluyendo mis peleas con mi hermano David con quien me llevaba pésimo) pero ese año mi papá me reunió con mis dos hermanos para decirnos que mi mamá tenía cáncer y todo se terminó por ir a la mierda.
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Como dije al principio no soy escritora, pero siempre usé este método para "huir de la realidad" o hacer catarsis.
Por si alguien lee esto les aclaro otra cosa mas, cambié el nombre de las verdadero de tod@s.
Me presento antes de despedirme: Soy Yani, tengo fobia social, depresión, me lastimo a mi misma y nadie lo dijo en voz alta (ni yo lo digo porque no creo serlo, a menos no aun) pero al parecer soy una suicida. Tal vez algun@s se sientan identificad@s con hechos, acciones, experiencias o qué se yo... pero que quede claro que no voy a alentar a nadie o decir que está bien el lastimarse, el no tratarse sus fobias o "demonios", pero tampoco voy a juzgar a nadie.
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