martes, 21 de marzo de 2017

La fobia social y la depresión van tomadas de la mano…

Primero que nada busqué información de internet y recuerdo lo que mi primera psicóloga me dijo cuando hablamos sobre este tema. Tengo Fobia social y depresión (entre otras cosas), mi opinión o mi forma de explicar cómo siento los síntomas tal vez no sea igual para todos, doy mi perspectiva. No soy alguien que busca dar respuesta solo quiero dar

Veamos un poco de definiciones:

“…La fobia social, es un trastorno de ansiedad caracterizado por un miedo persistente a una o más situaciones sociales por temor a que resulten embarazosas. Este temor puede ser desencadenado por el escrutinio (percibido o real) de otras personas. Es el trastorno de ansiedad más común y uno de los más comúnes entre los trastornos psiquiátricos.
En la mayoría de los casos, los síntomas físicos del trastorno son: ruborización, sudoración excesiva, temblor, palpitaciones y náusea. Por otro lado, pueden presentarse respuestas conductuales a las situaciones temidas, como es el caso del habla acelerada, y otras estrategias de afrontamiento. También pueden ocurrir ataques de pánico. Algunas personas utilizan el alcohol y otras drogas para reducir sus temores e inhibiciones en eventos sociales…”

De mi experiencia puedo decir que la fobia social comienza de forma casi imperceptible, no te das cuenta de que tener el problema hasta que ya está avanzado y demasiado complementado a tu persona.
Comienza como nervios justificados o no que ganan a la hora de pararte frente a tus compañeros de clase, en una primera reunión de trabajo o en cualquier situación nueva donde debías tomar la palabra, darte de valor y no lograste hacerlo. Tal vez no le des importancia y lo dejes pasar hasta que la situación se repite y los nervios se convierten en miedo. Temo a tartamudear, a abrir la boca y que las palabras no salgan, a equivocarme, expresarme mal, que les resulte ridícula mi opinión, etc, etc…


“Datos más exactos”

>Síntomas físicos:

·         Rubor.
·         Transpiración profusa, especialmente en las manos (hiperhidrosis).
·         Temblores en manos o pies.
·         Palpitaciones, taquicardias; dolor u opresión torácica.
·         Dificultad para respirar (disnea), sensación de falta de aire.
·         Molestias gastrointestinales: dolor abdominal, sensación de vacío en el estómago (epigastrio), dispepsia, descomposición intestinal.
·         Tartamudez o "temblor" en la voz.
·         Agarrotamiento y tensión muscular.
·         Deseo urgente de orinar.
·         Sensación de opresión en la cabeza o cefaleas, mareos, náuseas, sensación de fatiga, sequedad bucal.
·         Sensación de frío (escalofríos) o calor.
·         Confusión.
·         Insomnio.
Síntomas cognitivos y emocionales:
·         Miedo a bloquearse mentalmente, tartamudear, toser, etc.
·         Temor a la evaluación negativa, la persona piensa que está siendo juzgado o criticado por los demás.
·         Pensamientos negativos (ej. "voy a hacer el ridículo”, “quedaré bloqueado y no sabré que decir", "seguro que no les interesa mi opinión”, etc.).
·         Sensación de irrealidad (despersonalización).
·         Sensación de que todos lo están observando y enjuiciando.
·         Temor y creencia de ser visto como ansioso, débil, raro, loco o estúpido.
·         Temor extremo a conocer gente nueva.
·         Temor y creencia de no saber comportarse de un modo adecuado o competente.
·         Evasión total de un evento social (aislamiento).
·         Ansiedad intensa frente a un grupo de personas.
·         Temor a manifestar síntomas de ansiedad.

De pronto eres más consciente de las miradas ajenas, tal vez siempre lo fuiste, te incomoda y tu cuerpo reacciona delatando tus nervios. La cara se siente caliente, el pecho comienza a oprimirse y el sudor comienza a hacerse presente también como si estuvieras haciendo ejercicio. La ansiedad es incrementada sin poder controlarlo, comienzas a buscar justificación para tu miedo y forma de reaccionar. Lo encuentras, la gente es el problema. No es tan grave, piensas que no lo es y si lo piensas lo ignoras buscando una solución. ¿Y qué es lo que usualmente se hace con los problemas “sin importancia”? Se evitan, comienzas a evitar a la gente.

Te sientes bien, ya no sientes todo aquello y te alivia.

La realidad: te volviste hipersensible a la opinión de los demás, a que te critiquen, a las miradas. Buscas sentirte bien causando que cada vez te hundas más.

Tu cuerpo y tu mente se acostumbran de a poco a alertarte del peligro (las personas) haciendo que cada vez reacciones con ansiedad hasta cuando sabes que estás con familia/amigos y te acostumbraste al alivio que sientes cuando escapas de ese peligro. Tus amistades cada vez disminuyen, no te gusta salir con ellos y te vuelves el amigo antipático que no le gusta divertirse cuando en realidad lo anhelas, quieres salir con ellos porque recuerdas que antes se sentía bien y te hacia feliz, pero tu mente te envía la señal y el recuerdo de que ahora no sentirás eso te acobarda.

Este problemita ya no es solo timidez.

¿Cómo dejé que un simple nerviosismo se convirtiera en un miedo desmedido y sin control?

“…Estos temores pueden ser desencadenados por medio del escrutinio de las acciones de los demás. El sentimiento de miedo es tan intenso, que en este tipo de situaciones la persona se pone nerviosa tan sólo con pensar en ello (ansiedad anticipatoria), e intenta esforzarse para controlar o suprimir la ansiedad. Estas situaciones y otra serie de sucesos hacen que el que la padezca se sienta inseguro, acechado, incómodo, con sensaciones intensas y desagradables acerca de lo que pueden estar hablando, pensando o juzgando de él, y síntomas evidentes de ansiedad. Si bien el miedo a la interacción social puede ser reconocido por la persona como excesivo o irracional, su superación puede ser bastante difícil..”

Las cosas empeoran, ya no sabes exactamente porque tienes miedo. Solo esas consciente de que lo que lo causa es la gente, todas las personas que te rodean. Das vueltas antes de salir de tu casa para ir a la escuela o trabajo, suplicas a la nada que por favor nadie te note mientras sufres horas obligatoriamente con otros. Cada vez las vueltas que das para salir te hacen tardar más hasta que un día decides no salir, te sientes mal por no poder/querer hacerlo pero prefieres eso a sentirte peor si lo haces y te presentas como deberías.

Cada vez salir de casa es más difícil. Abandonas tus estudios, trabajo, amistades y reuniones familiares. Si no es con una persona de su extrema confianza y afecto no puedes salir sin sentir que “algo pasará”. Usas de salvavidas a alguien, no puedes salir por tu cuenta. Te volviste un inútil.

Los síntomas pueden presentarse al inicio de la adolescencia y pueden continuar durante toda la vida, lo que tiene graves consecuencias negativas en la vida social, laboral y afectiva. A menudo las personas cercanas suelen confundir erróneamente la fobia social con la timidez, pero una persona que padezca fobia social no tiene por qué ser necesariamente tímida…”

Llegas al punto en el que es inevitable darse cuenta que definitivamente tienes un problemas pero no encuentras otra solución que no sea el aislamiento y es ahí donde entra la depresión, quien se había comenzado a colar en tu vida desde barias etapas antes de esta.

>¿Qué es la depresión?
“…es el diagnóstico psiquiátrico que describe un trastorno del estado de ánimo, transitorio o permanente, caracterizado por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, además de provocar una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas y de los acontecimientos de la vida cotidiana.
El término médico hace referencia a un síndrome o conjunto de síntomas que afectan principalmente a la esfera afectiva: como es la tristeza constante, decaimiento, irritabilidad, sensación de malestar, impotencia, frustración a la vida y puede disminuir el rendimiento en el trabajo o limitar la actividad vital habitual, independientemente de que su causa sea conocida o desconocida. Aunque ése es el núcleo principal de síntomas, la depresión también puede expresarse a través de afecciones de tipo cognitivo, volitivo o incluso somático…”

Me siento mal todo el tiempo, pienso cada vez más tiempo en todo lo que me pierdo, lo que no logro concretar, en lo inútil que soy por no lograr las metas que sé que antes tenía, lo decepcionada por no poder comportarme como los demás.

Estas cayendo en un poco sin fondo.

El sueño es perturbado con tus inquietudes y el descanso no es logrado como es debido. Sabes que necesitas ayuda, lo sabes ya aun así no te animas a pedirla o aceptarla. La irritación también comienza a aparecer, envidia de los demás porque ellos logran hacer lo que tú no.

Las cosas que antes te animaban de a poco comienzan a disminuir.

Tal vez busques una solución por tu cuenta o una explicación para lo que te atormenta. Tienes fobia social, está afectando a tu vida y tienes miedo (algo que permanente en ti ya) de lo que pueda pasar si no lo superas. Quieres intentarlo, buscar ayuda pero la depresión es también ahora amiga de tu fobia y te tira hacia abajo, te desgana y te hace creer que lo que tienes no tendrá solución.

Personalmente aun estoy en busca de una solución, si lograré o no superar mis “problemitas” (Así los llamó mi abuela una vez) es algo que no sé y está bien.

***
En Argentina, Bs. As. (en las demás provincias no sé si es así) hay psicólogos que atienden gratuitamente en las salitas (unidad sanitaria) o en los hospitales públicos (que también cuentan algunos con grupos de ayuda). Si tienes fobia social, depresión o algún otro trastorno necesitas ayuda profesional, busca a un familiar o amigo en el que 
sientas confianza para que te acompañe.


***Gracias Wikipedia y Psicóloga V.***

lunes, 20 de marzo de 2017

Primeras experiencias...


No soy escritora (se comprueba fácilmente por mis horrores ortográficos) y no aspiro a serlo, al menos no profesionalmente.

***

Mi nombre es Maria y nunca me terminó de gustar, no sé por qué, simplemente no me gusta. El segundo, porque tengo dos nombres como usualmente todos tienen, no me gusta o disgusta. La verdad es que no me causa nada a pesar de que sé que es algo así como en honor de la abuela de mi papá, pero si tuviera que elegir entre el primer nombre con el que me nombraron o el segundo, me quedo con el segundo. Pero todos me dicen “Mari” y cómo no soy de decir en voz alta lo que pienso dejé que lo hicieran. Al final me acostumbré, no es tampoco un trauma que no me agrade mi nombre de pila 

¿Quién no se acostumbra a su nombre después de todo?

No lo recuerdo, pero sé que mi abuelo materno y por consecuencia la familia de mi mamá me llamaba “Popin” o “Popina” por una de las del Chavo del ocho. Muy rara vez alguien se acuerda y me llama así, el apodo no me molesta y aunque no recuerdo nada de esa época siento una opresión agradable en el pecho, todo lo contrario a esa que me da ganas de gritar, llorar, romper y lastimar (-me) cuando tengo uno de esos “momentos”. 

Aunque eso último lo explico después. Volviendo al tema de mi nombre, “Mari” está bien.

Pero creo que si voy a analizar mi vida hasta ahora tengo que empezar desde el principio. No está de más aclarar que no recuerdo casi nada de mis primeros años de vida y que tengo lagunas mentales de los últimos años (esto no se lo dije a nadie, ni a mi primera psicóloga que meramente me daba confianza para hablar).

Fui parte de una familia de lo más estereotipado, digo “fui” porque actualmente no es tan así. Recuerdo que mi mamá siempre me remarcaba que nací cuando todo estaba terminado, pensé que lo decía refiriéndose a nuestra casa. Para mis hermanos, Joaquin y David, la casa en la que estaban siendo criados era una casilla. En cambio conmigo la casa era una de material que daba la sensación de prosperidad, estabilidad y crecimiento, pero ahora conociendo mucho más la historia de mi mamá y mi papá pienso que ella se refería a que ellos se convirtieron en una pareja “estable” para cuando nací. 
Naciste con privilegios era el mensaje.

Durante crecía no fui consciente de lo que me rodeaba, de los que me rodeaban, más que de mi mamá. Mientras mis hermanos y primos se iban de viaje con mi abuela Chicha yo me quedaba con mi mamá, demasiado dependiente y apegada como para quedarme más de unas horitas con otra persona que no fuera ella. El jardín de niños no fue un vertedero de lágrimas mías como seguro pensaron que sería, hasta cada tanto cuentan una anécdota de mi primer día de clases…

“Había un nene más grande tocándole el pelo a Mari y ella se dio vuelta y lo miró mal. El nene siguió tocándole el pelo hasta que Mari se volvió a dar vuelta y le pegó con su bolsa en la cara”

Siempre detesté que me tocaran el pelo, esa molestia con los años se intensificó y ahora odio que me toquen cualquier parte del cuerpo. Pero volviendo al jardín de niños, no fui una de esas nenas que lloró temiendo ser abandonada por su madre o lo que sea que pienses los nenes de esa edad cuando ven que sus mamás los están dejando en manos de mujeres de caras sonrientes y voces chillonas. No, no fue así para mí. Estaba rodeada de nenes y nenas con delantal y distintivos de brujitas con nuestros nombres, obviamente solo reconocía mi nombre en mi distintivo porque no sabía leer todavía. No recuerdo aquellos momentos, más que algunos cortos flashes, pero sí recuerdo lo que sentía. La sensación de emoción que lograba opacar el miedo a que mi mamá me dejara un par de horas en un lugar que no conozco. Mi maestra, la cual no recuerdo el nombre (tengo algo con los nombres, me cuesta recordarlos) era un amor. La recuerdo y concuerdo con que para ser maestra, ya sea jardinera o de primaria, hay que tener  VOCACIÓN. 
Ella me dio la confianza para acercarme a mis compañeros, a hablar y reír junto con los demás aunque no entendía de qué corno se reían o por qué parecían tan felices, me integró. Todo fue bien, ir al jardín me gustaba y tenía una amiga con la que podía verme fuera de ese lugar. 

El preescolar llegó sin mayor problema, hasta que un día apareció la suplente y es aquí donde remarco por segunda vez sobre la vocación para enseñar porque esta maestra no la tenía y por eso la recuerdo perfectamente. Joven, cabello negro recogido en una coleta baja, unas pecas repartidas en su rostro, piel blanca y ojos marrones oscuros. Su sonrisa mientras nos recibía se esfumaba cuando entrabamos al salón, le gustaba gritar y resoplar a cada momento luego de sentarse y mirar cómo (por no saber cómo hacer que nos ordenáramos desde un principio) todo era un descontrol hasta que se ponía de pie con el ceño fruncido para gritar exigiendo orden. Así transcurrieron los primeros días hasta que mi amiga, Clara, en uno de esos momentos de descontrol que todos hacían lo que querían tropezó y se golpeó haciendo que le sangrara la boca. Ella se puso como loca, nos gritaba y culpaba por nuestro mal comportamiento y en ningún momento se acercó para ayudar a Clara, quien se levantó con un par de lágrimas cuando todos quedaron callados y comenzó a reír bajito mostrando todos sus dientes ensangrentados antes de comer una banana. Clara era una “machona” y estaba acostumbrada a golpearse. Pasado el susto todos nos reímos y comenzamos a hacer desastre de nuevo, Clara estaba sentada y apartada por haberse golpeado y me acerqué a ella para jugar, sinceramente no me recuerdo que fue lo que la suplente me gritó. Lo que sí recuerdo es que en un momento estaba frente a Clara y que de repente mi brazo fue tironeado con brusquedad haciendo que me girara, ya había visto a la suplente enojada (todos los días) pero esa vez la tenía frente a mi cara gritándome a pocos centímetros y directa y exclusivamente a mí. 

Nunca un adulto me había gritado y sujetado de esa forma, me asusté y me quedé quieta. 

No lloré, no le dije a mi mamá.

No sé cuantos días fueron los que tuve a esa suplente, pero se me hace como si la hubiera tenido durante toda la maldita etapa del jardín/preescolar. Y no fue hasta en el día en el que de verdad me asustó que toda la confianza que me tenía para estar lejos de mamá se fue por el caño. No era la única que se reía y seguía jugando cuando la hora de recreo terminó, pero fui la única a la que ella agarró del brazo y que se la llevó al baño. 

Tengo una pésima memoria, pero ese momento lo recuerdo muy bien. La suplente cerró la puerta y cómo la primera vez que me gritó se me acercó apretándome el brazo para decirme (sin gritar) que era una nena mala y otras cosas más que me hicieron llorar, no solo me daba miedo estar sola con ella mientras me lastimaba el brazo sino que no me gustaba todo lo que me decía con ese tonito que ahora catalogo como irónico. Obviamente con mi altura ella me parecía más alta de lo que seguro era, pero en ese momento la veía como si estuviera tratando con una gigante. Una gigante que me quería hacer algo malo.

“Le voy a decir a mi mamá”

“Decile, ¿qué me importa? Las mamás no le creen a los chicos.”

No sé porque le creí cuando me dijo eso y todo lo anterior, me quedé callada y mirándola fijamente sintiendo toda mi cara mojada y caliente hasta que me soltó y me dijo que me lavara la cara y que después volviera al salón. Le hice caso, volví al salón callada y terminé mi día así. Ese fue el último día de la suplente, pero me acordaba de ella todos los días y comencé a odiar el ir al baño de la escuela, no me reía con los demás chicos y mi maestra aunque me sonreía y hablaba cariñosamente ya no me hizo volver a sentir segura y no me reintegró.

Nunca le conté a mi mamá lo de la suplente en el baño.

Tal vez para muchos le parezca una exageración que le haya dado tanta importancia a ese hecho, para mí no lo fue. 

Terminé el preescolar con dudas de si quería volver a ir a un lugar lejos de la seguridad de mi casa, pero mi mamá se veía emocionada por la nueva etapa escolar que me callé y me contagié de su buen ánimo. 

Primer grado empezó, con mi vecina y “amiga” Natalie como compañera y sentía esa emoción como cuando comencé el jardín.
Esa emoción me duro poco y nada, otra vez remarco sobre la vocación que hay que tener para enseñar. Mi maestra de primero era una bruja cambiante. Gritaba, nos apuraba y nos volvía a gritar. Más de uno terminó siendo cambiado de curso, incluyendo a mi única “amiga” en ese lugar que se pasó no solo de curso sino que de turno. Mi maestra me daba miedo, me hacia recordar a la suplente. Me daba pánico que me preguntara algo o que me pidiera ir al pizarrón, un compañero se hizo pis en frente de todos cuando ella le gritó por no saber el abecedario. Cuando me tocó ir al frente para decirlo fui consciente por primera vez de cuantos compañeros tenia, de que tan grande era el salón, de mi primera sensación de pánico que me dejo sin poder hablar y que logró que me ganara un reto y una mala nota que mi papá no se tomó nada bien (él no me gritó o pegó, nunca me pegó) haciendo que me quedara leyendo y repitiendo el abecedario repetidas veces para luego decírselo a él en casa. Lo aprendí, pero no era lo mismo decirlo en voz alta frente a papá que frente a mi maestra que me miraba como si esperaba que fallara o todos mis compañeros que miraban ansiosos temiendo por su turno de pasar al frente.

Más gritos, menos ganas de ir a la escuela, no tenía amigos. Me daba vergüenza hablar en voz alta y para mi mala suerte, la suplente de preescolar tenía razón: Las mamás no le creen a los chicos.

Otra vez me congelé, pero esa vez a parte de un reto me llevé un grito de parte de la maestra que me hizo llorar frente a todos. Lloré peor de cuando la suplente me llevó al baño, lloré tanto que no podía parar y cuando fui a las canillas que estaban afuera de los baños creo que toda la escuela me escuchó. Pero en especial me escuchó el director que me habló tranquilo, dándome pañuelos mientras me escuchaba cuando me calmé.
No sé que le dijo a la maestra, pero desde ese día ella tuvo un cambio de personalidad abismal. La bruja dejó de gritar y nos enseñaba con una paciencia increíble, en especial cuando el director entraba al salón y se quedaba para observar la clase. Pero el miedo de quedar en ridículo frente a todos ya se había marcado en mí, la conciencia de saber que siempre estoy rodeada y con personas viendo mis fallos es algo que se asentó en mi mente.

Supongo que mi fobia social actual está un poco ligada a esas primeras experiencias. O tal vez no y exagero.

Durante toda la primaria no pude pasar al frente, hablar en público era imposible y ser parte de alguno de los grupos que se formaban entre mis compañeros no era una opción. Pasar al frente era algo que se me hacía imposible, prefería la mala nota. Odiaba la escuela, pero no me animaba a quejarme de nuevo con mi mamá. 

Fuera de la escuela estaba bien, no es como si estuviera las veinticuatro horas del día deprimida como para llamar la atención de mi familia. Mi vecina seguía siendo mi “amiga”, se la pasaba en mi casa cuando no estaba en la escuela (su mamá la había abandonado y su papá trabajaba en la mecánica todo el día) y mi mamá siempre la peinaba y la trataba como si fuera otra hija más. Me gustaba pasar el tiempo con Natalie y con Tomas, mi primo-hermano. Me gustaba hasta que me di cuenta de algunos detalles como el de que mi mamá de vez en cuando se le escapaba algo así como: “A Nati le fue bien en la lección” o “Nati si lo hace”. A veces me comparaba cuando no quería hacer algo o ponerme una ropa que ella eligió. Me gustaba hasta que comencé a “avisparme” y darme cuenta que solo era la “amiga” de Nati en mi casa o en la suya, en la escuela ella se hacía la que no me conocía para luego con una sonrisa al salir invitarme a su casa o ir a la mía como si nada.

Natalie ya no me gustaba más, era linda, perfecta y encajaba más como la hija de mi mamá que yo. 

Me callé, en la escuela le seguía la corriente cuando me cruzaba en el patio y no me saludaba y le sonreía cuando me hablaba como si fuera su mejor amiga fuera de la escuela, pero extrañamente no me sentía mal con esa situación. 
Para mí era mejor eso que estar sola hasta fuera de la escuela. Porque mi primo era mi primer amigo, pero era familia y por ende no contaba propiamente como “amigo” realmente. Le busque la vuelta a mi amistad con Nati, no le pregunté nunca porque me ignoraba en la escuela, pero no me costó mucho entenderla. Yo era la rarita son que no hablaba o que cuando lo hacía tartamudeaba. La rarita no se podía juntar con alguien como Nati.

Natalie era la hija perfecta para mi mamá. La nena más linda. La princesa en todos los actos escolares. La que todos los nenes le sonreían y le hablaban. Mi única “amiga”.

La primaria transcurrió así, sola y escuchando de vez en cuando algún comentario sobre “la rarita”. Me acostumbré, podía con eso. Pensé erróneamente que podía con eso, que mi primera amistad era buena a pesar de que tenía que ser un secreto frente a todos en la escuela, que mientras más se acercaba la secundaria todo cambiaría. Ilusa.

Sobreviví y comencé sexto año sin amigas, acostumbrándome y hasta disfrutando que mis compañeros me ignoraran. No era el fin del mundo no “ser nadie” en la escuela, era mejor que ser “la rarita”. Viendo a Natalie como a una amiga/enemiga que necesitaba. Concentrándome en estudiar, mirar anime o escribir, escribir y escribir cuando Nati no estaba en mi casa o me llamaba para que fuera a la suya o Tomi no estaba. Trascurrió sexto grado y mi “amiga” comenzó a ignorarme de a poco también fuera de la escuela y sin darme cuenta me distancié de mi primo (lo veía siempre, pero no era lo mismo). Comencé a desesperarme al verme sin amigos también fuera de la escuela, a temer de estar sola aunque no lo dijera y pareciera que no me importaba.


Me convencí de que podía acostumbrarme como lo hice a mi falta de socialización en la escuela, me consolé diciéndome que al menos en casa estaba tranquila (excluyendo mis peleas con mi hermano David con quien me llevaba pésimo) pero ese año mi papá me reunió con mis dos hermanos para decirnos que mi mamá tenía cáncer y todo se terminó por ir a la mierda.


*** 

Como dije al principio no soy escritora, pero siempre usé este método para "huir de la realidad" o hacer catarsis. 
Por si alguien lee esto les aclaro otra cosa mas, cambié el nombre de las verdadero de tod@s.

Me presento antes de despedirme: Soy Yani, tengo fobia social, depresión, me lastimo a mi misma y nadie lo dijo en voz alta (ni yo lo digo porque no creo serlo, a menos no aun) pero al parecer soy una suicida. Tal vez algun@s se sientan identificad@s con hechos, acciones, experiencias o qué se yo... pero que quede claro que no voy a alentar a nadie o decir que está bien el lastimarse, el no tratarse sus fobias o "demonios", pero tampoco voy a juzgar a nadie.

La fobia social y la depresión van tomadas de la mano…

Primero que nada busqué información de internet y recuerdo lo que mi primera psicóloga me dijo cuando hablamos sobre este tema. Tengo Fobia...